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Posted by on Nov 5, 2014 in Toros |

La corrida de las calaveras

La corrida de las calaveras

Auriculares para “El Payo” gracias a la confianza torera que se carga y amagos de triunfo de Talavante y Fermín Espinosa IV en su doctorado

SERGIO MARTÍN DEL CAMPO

Menos de media entrada acogieron las gradas de la Monumental aguascalentense para la Corrida del Festival de las Calaveras en la que tomó la alternativa Fermín Espinosa IV. Contratado el criadero de Montecrtisto, su dueño mandó un encierro muy “a lo Aguascalientes”, es decir, irregular de trapío, y por otra parte de juego en consonancia con aquello. El final de la fiesta fue la salida hombros de Octavio García “El Payo” quien por el sitio que trae y la confianza torera de que hace jactancia en sus trasteos, salió en volandas del inmueble tras cosechar un par de auriculares.
Un torito lleno de grasa soltaron para la ceremonia del doctorado del dinástico joven Fermín Espinosa “Armillita IV” (al tercio y); los pitos emitidos por un buen porcentaje de la clientela que manifestaba su inconformidad, paulatinamente fueron cesando y se impusieron los oles en atención a su breve pero delicado recibo capotero. La clase y nobleza de “Zarco”, No. 99 con 491 kilogramos en el dorso, contrastaron con la insignificancia de su presencia, y una vez titulado como doctor en asuntos prácticos de tauromaquia, y pese a que se interpuso “Eolo” en su labor, derramó luminosamente algo del interior artístico y torero que le fue confiado por Dios. Faena de mérito técnico y artístico. Ya que por ambos flancos creó pases llenos de plasticidad y formas estéticas que sacaron el coro fuerte y hondo del ole, se perfiló a matar lográndolo de una estocada caída y tendida al segundo viaje. El segundo de su lote, este sí, un toro, además de lámina preciosa y capa castaña, con cierta tendencia a frenarse como inconveniencia pero de buen estilo al tragar el engaño como virtud, le fue propicio para que elaborara una faena de buen andamiaje, extensa y en la que por los dos lados dejó ver el toreo natural y contrario lo mismo que su clase ya conocida pero a la que despostilló al usar el arma.

Erguido y barroco fue el modo de torear con la capa del extranjero Alejandro Talavante (silencio. vuelta al ruedo tras aviso y palmas en el de obsequio). Responsabilizándose con la sarga se encontró ante un cuadrúpedo bonito, empero si acusar edad y formas, es decir, sin trapío e indigno, consecuentemente, de un coso al que dan importancia solo con la lengua y los mensajes publicitarios. Lo peor, fue tardo y reservón, lo que hizo que el coletudo, decorosamente, decidiera resumir su actuación muletera, batallando luego al empuñar ambas espadas de matar.
Verónicas y tafalleras acentuadas resultaron la compuerta de lo que mejor haría en esta actuación vespertina. Faena buena, carente de “un algo” que fue difícil de señalar; hubo variedad, despliegue de buena parte del catálogo que tiene el toreo muletero, temple, largueza y series bien rematadas, como para corresponder al buen rumiante que fue fijo, noble y pronto pero siempre intencionado a dar lo que traía en la zona del tablero, pero quizás más espontaneidad y menos un hacer predicho y estandarizado. Del modo que fuese, agradó el plausible trasteo y algo desencantó el pinchazo y la estocada tarda con que finiquitó al ejemplar cuyos restos se aplaudieron al ser llevados al desolladero, pero que no truncó el hecho de que se le hiciera caminar en paralelo a la barrera. Y vino la ventaja del regalito, vicio que sofoca y con el que pretenden compensar lo que en lo anunciado no lograron; “fuera de programa” realizan un símil como si el actor de teatro, al no lograr su parte en la escena o equivocarse en el guión, pidiera al final una oportunidad para hacerla nuevamente… y para ello soltaron a un torillo gordo de San Isidro, noble que fuera y de muy poca duración; pronto se unió al albero y la gran faena deseada quedó en detalles; del estoque poco hablar, el ibero está asentado de manera maciza como un excelente pinchador.
Desdobló el capote “El Payo” (oreja y oreja), y no para cumplir, sino para torear armónicamente a la verónica y cerrar con la bella rúbrica de una media que fue como un modelo para otra obra de arte. Hoy en la tauromaquia mexicana, la viciada e impuesta por la estructura inflexible e irreflexiva, se derrama bastante belleza pero poca emoción; ésta queda asesinada por la leve planta del ganado y el equivocado concepto de la bravura que se da como réditos al manejo errático genético. Ya metidos al tercio mortal, el rubio diestro emanó mucho esfuerzo y apoyado en la certeza técnica de llevar al adversario a la región de toriles, le sacó un provecho que se antojaba complejo. Sin embargo el sitio que trae hizo que se rindiera aquel descastado y débil animal, el cual pasó –que no embistió- una y otra vez siguiendo la tela roja que dibujaba en sus ondulaciones ya el derechazo, ya el natural, todo en el raro andamio del relajamiento y la torería, correspondiéndose al final con una buena y hermosa estocada que aunque tardía en sus efectos mortales, no evitó que se le premiara tal se dijo en líneas anteriores. El quinto, sitio de honor, fue el único al que con propiedad se le pudo llamar toro; ungulado que sufrió de sobrepeso y descastamiento y al que con la confianza torera que posee sometió compactamente, sobreponiéndose a su mal comportamiento. Burel que regateaba, se retornaba en las patas delanteras, se vencía y buscaba otro objetivo que no era la muleta, pero avío que siempre encontró bien puesto y lleno de mando y que conformó el trasteo interesante de la función, culminado además de modo efectivo tras la estocada pasada y tendida.

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