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Posted by on May 5, 2014 in Toros |

Onceava Corrida de Feria Nacional de San Marcos

Dos arrastres lentos para el ganado, y cinco apéndices para dos de los alternantes ayer en la Monumental

 

Por SERGIO MARTÍN DEL CAMPO

Bravura y nobleza, dos energías complejas de mezclar y equilibrar. Se interpone una dura rambla para que los criadores de lidia lleguen a ello. La presencia, el buen aspecto físico que debe tener un toro de casta es otro elemento casi de alquimia que debería ir unido en forja rara a esa calidad de casta. Pocos lo logran; toros cabales, de trapío intachable, bravos, nobles y de buen estilo, salen muy poco en los redondeles del mundo.

Ayer, cuando la hora de que el rey de los astros inicia su descenso, allá, atrás del cuerpo inerte y peñascoso del “Cerro del Muerto”, se dio en el coso Monumental de Aguascalientes, que anotó un lleno sin apretujones, la onceava función del serial del evangelista Marcos. Montecristo fue la dehesa que puso el ganado; un encierro difícil de dictaminar, al haber salido a la arena reses de diferentes cuajos, pintas, cuernas y morfología. Alguno o algunos tal vez debieron ser rechazados, no obstante se reseñaron tres bravos y nobles: segundo, “Colorín”, No. 2 de 504 kilos que ganó la pleitesía del arrastre lento; tercero, “Trojano” de nombre, No. 102, con 498 kilos, halagados con la vuelta al redondel sus restos, y el cuarto, también arrastrado lentamente hacia el desolladero, y el que más adelante describo sus generales. Incluso tras la faena al tercero, el criador, Germán Mercado, dio la vuelta al ruedo haciendo escolta con el diestro afortunado que le cortó las orejas.

Hermoso toro abrió plaza, largo, hondo, bien armado, musculado y “descolgadito”, pero todo arrolló en su trayecto desordenado, hasta al “Zotoluco” (división y al tercio) en mala hora, quien sufrió una voltereta bestial durante el primer tercio. Complicado e incierto, en ningún momento pasó tras los engaños con cabalidad; consciente el de seda y oro, propuso un quehacer sin llegar a emplearse, pero correcto y abrochado al modo de una estocada tendenciosa y varios descabellos. Uno más de los ejemplares agradable para el actor; fue el cuarto bóvido que en la “vuelta de campana” se fracturó de la pala el cuerno izquierdo y fue sustituido por el primer reserva, “Bandolero”, No. 19 y 504 kilos de masa, de preciosa capa: alunarado, capirote, careto y gargantillo; alto, delgado y muy largo. De inmejorable estilo en su boleta de juego, y el espada, ya sedado por el golpe en las costilla de en su primero, toreó decorosamente de capa, sin las chapuzas de otras tardes, y tomada la sarga fue edificando un trasteo lleno de variedad, entusiasta y bien intencionado como para resguardar su sitio en la fiesta nacional, pero profanado con un bajonazo y dos descabellos.

Torito muy gordo el segundo, engañoso, de confortable cuerna para no asustar a nadie; pero eso sí, bravo y abiertamente noble, cuyas distinguidas cualidades le impulsaron a embestir de forma extensa y con clase durante toda la faena variada y completa que “El Juli” (dos orejas y oreja), amo y dueño de la solides que posee todo maestro, le cuajó con el “alfa” de verónicas amplias a compas absolutamente abierto, zapopinas, izquierdazos, derechazos y en total, series cuantitativas y cualitativas bien rematadas siempre, hasta el “omega” de un volapié tras el que dejó el arma pasada. Ejemplar de escasas dimensiones, bien formado, empero; fue el quinto que ofreció juego distinto a sus anteriores compañeros de encierro. Reservón, enterradas sus patas al suelo, poco había por hacer, sino cumplir, pero el ibérico puso la maestría al servicio de la vehemencia y le desgajó un partido imposible; como quien extrae agua de un venero seco y viejo. Expuso inteligentemente y cosechó pases de incuestionable valía, para luego arrojarse materialmente tras el morrillo nuevamente en la suerte del volapié, pinchando primero, y dejando fabuloso estoconazo después, mismo que generó que el antagónico se despeñara mortalmente sin la necesidad de la puntilla.

Torito de excelentes pesebres, bajito y cortito como sus cuernitos sospechosos, y también muy noble, lleno de embestidas amables, mismas que descargó con mucha clase, iniciadas en un punto y terminadas en el polo contrario; refiero al tercero de la función. Enterado de ello “El Payo” (dos orejas y palmas) se obligó a cincelar un trasteo bien hecho, multicolor, abierto sobre buenas verónicas, seguido de muletazos de todo tipo por ambos flancos y cerrado de un espadazo medio geme delantero. Como junco, erguido en el mero centro del nimbo movió su tela para dar varios cambiados por el dorso. Bien estuvo el joven queretano, no obstante irónico resultó el acontecimiento al sumar que el adversario fue premiado como se acotó en renglones superiores, y él solamente le desorejó… era entonces de rabo tan sensacional y embestidor bicorne. El sexto ejemplar se complicó, al acudir, luego de mucho rogarle, iba tirando cornadas a destajo, y el joven rubio se puso gladiador y hacendoso logrando momentos buenos y meritorios, dejando su título profesional en buen sitio, pese al mal segmento en la suerte de matar.

 

 

 

 

 

 

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