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Posted by on May 5, 2014 in Toros |

Doceava Corrida de Feria en Ags: Pese a las yuntas de Bernaldo, hubo mucha torería

 

 

SERGIO MARTÍN DEL CAMPO

El polémico festejo mixto, doceavo de la Feria Nacional de San Marcos, por nada se despeña de alto barranco; culpa de ello habría sido la mansedumbre desesperante de la partida de reses que mandó el amo del criadero Bernaldo de Quiroz; y no defraudaron, eso se esperaba dado el concepto cucho que tiene este señor de lo que es el toro de lidia y que lo ha demostrado no con un encierro, sino con muchos, bastantes, hasta hartar. Muy poco castigados en varas, a algunos apenas sí se les enseñaron los filos de las almendras, y por indeseables fueron pitados en el arrastre el segundo, el séptimo y el novillo que hizo último.

Gracias que la función transcurrió sobre el interés de la clientela -que entró al coso Monumental solo para cubrir menos de la mitad del aforo- se habrá de dar a los actores, quienes, cada uno con estilos diversos, hicieron apasionadamente un plausible esfuerzo que finalmente les fue reconocido; hubo torería, aunque pocas orejas, empero en ocasiones éstas no dan del todo a ver las dimensiones hondas de lo que sucede en una circunvolución taurómaca.

Quien sí fraguó un petardo fue el juez, al haber ordenado absurdamente retornar a dos de los bóvidos titulares: el primer toro y el segundo novillo, ambos “simplemente” porque al aparecer en el redondel empezaron a surcar la arena con los cuartos traseros, defecto generado por el congestionamiento pero que con la suerte de varas las más de las ocasiones se corrige…

Con la suavidad de un pétalo de rosa, Miguel Ángel Perera (al tercio y oreja) lanceó al abreplaza, un toro noble y de buen estilo pero de modesta casta y energía. Enterado de ello, el espigado peninsular tomó muleta y le grabó un trasteo de fina caligrafía, sobre las denominaciones más conocidas de la tauromaquia, estético y medido en tiempo y espacios, apapachando al enemigo aunque pinchando antes de interpretar la estocada caída. Que bonito toreó a su segundo, un burel de buenas armas que noblote pasó con la testa a media altura; y en ese nivel, para evitar que se desmoronara en la arena, le hizo el trazo extenso de su maduro entender del toreo; ya por el derecho, intercalando limpias dosantinas, ya por el lado natural hizo cantar el ¡ole!, desnivelando la actuación cuando mató de un espadazo diáfanamente caído e insuficiente que lo obligó a descargar un eficaz descabello.

Todo lo que un animal de lidia, correctamente probado en la tienta, no debe hacer, lo hizo el segundo: arrolló, se defendió y aventó siempre las manos por delante. Atingentemente Alejandro Talavante (palas y al tercio tras petición) cumplió con rapidez y lo despachó, teniendo que usar las dos armas. Descastado fue también su segundo, pero encimó su talento sobre él, y luego de los detalles con el percal, sacó su muleta, no doblándola sino hasta haberle armado un trasteo meritorio, como recompensa a la obstinación mostrada y al excelente empleo de aquella, coronándola luego con un estoconazo caído.

Un toro cárdeno, bien comido y enmorrillado soltaron como tercero. Parecía que iba a dejar todo en las buenas verónicas que Juan Pablo Sánchez (palmas y al tercio tras leve petición) le practicó al saludarlo; sin embargo, en realidad, al ser demandado por la muleta se le observó algo de nobleza y cierta clase, cualidades apenas asomadas que supo el de seda y oro dimensionar echando mano de paciencia, consentimiento y correcta colocación, y así le formó varias tandas por ambos cuernos que fueron una delicia; además le expuso, pero ya el toro demasiado arraigado al albero y tirando la cuerna con potencia y apuntándola a las banderas. Hecho lo justo, pinchó antes de hacerlo doblar con una estocada atravesada y un golpe con la de cruz. Toro infeliz su segundo; quieto él como un bronce se quedó con sus cuatro extremidades tal encajadas en el piso apenas aparecido en el “teatro”. Acentuó la inconveniencia en el tercio final y parecía imposible que el aguascalentense le hiciera pasar, no obstante el argumento que lo doblegó fue el alto sentido moral que tiene aquel, quien engallado le arriesgó lo inimaginable, expuso su salud, encajó las zapatillas demasiado próximo a la percha del antagonista e hizo desgranar pases intermitentes pero de gigante mérito. En todos movió suavemente la sarga durante su atrevida faena. Tenía granjeada una oreja de mucha valía, pero ésta se diluyó cuando señaló un pinchazo antes de la mortal estocada.

El primer novillo aquejó el síndrome de la estatua al salir al templete circular, pero para gracia de todos los deseos, luego del bien hecho quite emulando a su poderoso y finado abuelo, sacó clase, nobleza y recorrido; fértil terreno fue sobre el que “Fermín Espinosa IV” (oreja levemente protestada y palmas) cultivó una faena con la que pasmó por su refinadísimo gusto y exquisitas maneras de entender la lidia. De extraña belleza resulta lo que interpreta con los legendarios avíos, así sea el que sea el flanco por el que exponga su joven y fresca tauromaquia. Testales, seda o placas muy delgadas de oro podría compararse su hacer. Ese es el arte de torear. Genética y profesores en casa le avalan. Bordadas las tandas justas a su adversario, buscó hacer bien la suerte suprema, pero encontró capas óseas la punta de la espada antes de que la dejara en su mitad y en mortal sitio. Mansote sin remedio fue su segundo; no había forma de hacerlo embestir e inteligentemente, después de que gastó todos los recursos, optó por despacharlo, haciéndolo con habilidad.

 

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