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Posted by on May 4, 2014 in Toros |

Décima Corrida de Feria en Aguascalientes: ¡Joselito devasta Aguascalientes!

 

 

Por SERGIO MARTÍN DEL CAMPO

 

Arrimón demencial, apocalíptico, cismático el de Adame, Joselito (vuelta tras petición rotunda en ambos), el que tiene oficio de saber torear; el de la alta ética y consciencia de que México necesita con urgencia un coletudo con alcances internacionales. Llegó como una ola desmedida de fuerza, intensidad y desquicio. ¿Rabos, orejas?  ¿Quién sabe en donde quedarían? Hay tardes con celajes que sobrepasan el perfil numérico. Se dice que “perdió” cuatro auriculares y un gallardete de cerdas cuando su bien intencionada espada halló hueso en la mortal trayectoria. La realidad inalterable es que hizo pedazos en mil emociones los corazones sensibles de neófitos y entendidos. Apareció el tercer ejemplar y se desprendió ardiéndole el alma de celo y torería; y se hizo explotar con una tauromaquia capotera completa que generó la locura en el coso y en la que destacó, entre oles ensordecedores, un bien hecho “quite de oro”. El torito, de cuerna modestísima y musculado, fue fijo y tuvo casta y en buen estilo tragó el engaño que con imperio y variedad onduleó el joven enrachado, ese que hoy pisa un sitio inalcanzable. La entereza es otra de sus virtudes, y cuando le maromeó el adversario se incorporó del albero con el desparpajo de quien tiene el estigma del inconmovible deseo de pasar por un ruedo rotundamente. Dos orejas escaparon de sus puños cuando pinchó un par de ocasiones en el alarde de la suerte de recibir, para posteriormente dejar un espadazo caído. Precioso, fino y bien armado con el que recreó los ojos al abrir los vuelos del percal y dejar escapar sin reservas la verónica. Fue el sexto de la función; tuvo fijeza y nobleza y en contrapartida escaso poder; toro entero y formal con el que entabló un diálogo o un susurro así de amor como de amenazas en extraña y caprichosa mezcla de manifestaciones. Arrimón endiablado en el que expuso lo inconfesable. Añil intenso pasó tal espectro que se quiere pero no se puede tocar, solo sentir, cuando alargó los brazos e hizo el trazo de su tauromaquia muletera, aquellos derechazos y naturales que en los primeros compases del trasteo seguía el burel metiendo sus armas abajo y noblemente. Pero todo llega a su frontera y en el momento que éste buscó el área de las tablas, encajó las zapatillas el denodado y talentoso diestro hasta muy debajo de la corteza, aguantó como columna los parones mientras la res con sus diamantes acariciaba el brocado de la taleguilla en instantes de dulce y ponzoña. O venía la cornada o venía el muletazo… y llegaba el fantasma del pase para provocar, no el coro sino el desgarrador y sobrecogedor grito del nuevo ¡ole! Cimitarras que se doblegaron ante el pasmoso y determinante coletudo y que dejaron la tela de una pernera cortada cual si hubiera entrado una bien afilada y mejor pulsada tijera. El adorno novelesco de su apoteosis, fueron las prendas que desmayadas llegaban al nimbo y el público que ya no pudo sentarse. De pie observó la lava torera que corría sobre la circunvolución. Fue un orgasmo taurómaco que solo esperaba el estoconazo para engalanar al protagonista con un rabo total, pero llegaron dos pinchazos y posteriormente un espadazo caído y tendido tras el cual, sin embargo, bien había valido una oreja.

Miles presenciaron este hecho que por años no se olvidará, porque la “Gigante de Expo-Plaza” recibió generosamente en sus gradas albas un “lleno de no hay boletos”. Y para dar curso a la décima de feria, los Martínez Urquidi, amos de la dehesa queretana de Los Encinos, eligieron un encierro terciado, completado con seis ejemplares irregulares de tipo y cuajo, en el que se subrayaron tres por sus hermosas láminas pero otros con opaco color por su falta de seriedad. Según dictamen global, resultaron descastados, haciéndose notar el lote del joven local cuyos restos de ambos fueron llevados al desolladero entre los aplausos del cotarro.

Morante de la Puebla (pitos en ambos) salió puesto y firme a realizar otro sólido petardo. En descanso de su conciencia, sacó en el sorteo dos ungulados de escasas condiciones, sin embargo, pese a los detalles tanto con el capote como con la pañosa, no le justificaron de su nula disposición y levantó la compuerta al infierno del disgusto de la mayoría absoluta. Del estoque, ni hablar. Se sale de la suerte, comentaba un aficionado, pero otro le contestaba con razón: -No, es que nunca entra a ella. Y por mera gracia del santo de su devoción, no escuchó avisos.

“El Juli” (oreja y palmas) fue el segundo espada del cartel y se le premió tontamente con un apéndice después de que mató a su primero con una estocada casi a la mitad del dorso. ¿Cuatro, cinco o más años tenía? Dios supo cuantos tenía tal bóvido, empero su anatomía general era la de un becerro llegado a más que se desfloreó la cuerna apenas haber rematado en el burladero de matadores; y con él se divirtió como enano Julián, pese al viento, y divirtió a muchos bonisonzos, entusiastas y muy pagadores. Hecho en y para una fiesta –la española- que es joyería fina y no bisutería económica, sobrado de inteligencia, recursos, oficio, poder y talento taurómacos, lo enseñó a pasar, y pasó con la cara en alto reiteradas ocasiones hasta que conformó su labor. El quinto simplemente se adhirió a la arena y no hubo poder humano ni divino que le hiciera embestir, optando, atinadamente, por bajar el telón, otra vez, de una estocada bastante atrás.

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