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Posted by on Apr 28, 2014 in Toros |

Séptima Corrida en la FNSM: Diversos y contrastantes colores la de ayer en la Monumental

 

 

SERGIO MARTÍN DEL CAMPO

 

La sólida mansedumbre, probada a sangre y lava de lo que crían los herederos de Teófilo Gómez, estaba empujando al desfiladero la séptima función de la Feria Nacional de San Marcos. De sus potreros, nido y madre de bóvidos descastados, se desembarcaron seis reses de bonita lámina en conjunto, sin embargo solo alguno manifestaba a la simple apreciación visual la adultez cabal, el resto, así hayan tenido los cinco años biológicos, parecieron más bien jóvenes.

Fue la séptima función del serial sanmarqueño que casi todo el tiempo en la que se desarrolló, se sentía aguada. Poco público la presenció; en las gradas, el coso recibió quizás tres cuartos de entrada. Lunes difícil cuando la mayor parte del pueblo trabaja y ya se “vació” en un fin de semana intenso.

De excelente estilo, modesta raza y fuerza dio nota el primero de la tarde; decente de presencia y bien armado veleto; y el de Azcapotzalco (palmas y al tercio), muy vivo, dominador de las prácticas taurómacas, malas y buenas, en los mejores momentos del adversario se desentendió de él con el diáfano proyecto de no articular cabalmente las series. Sí que se le vieron muletazos valederos, empero sin encumbrar la faena engranada que admitía el bicorne, mismo que ya agotado, fue víctima del desaire y las cuchas interpretaciones de la mayoría, que lo calificó de malo. Formidable es el diestro para sobreactuar y hacer ver mal al burel que él quiere. Cerró la intrascendente intervención con una estocada aceptable luego de haber pinchado algunas veces. Su segundo era maligno; en ningún momento se tragó fácil el trayecto que el anhelante espada, en distinta actitud, le indicaba con la sarga; así se quedaba a la mitad de los pases, que se retornaba con síndrome felino. Sin cuidarse del esteticismo, mejor se orientó a luchar por sacar complejo partido hasta sudar, bajando el telón sepultando la espada en sitio pasado y caído en referencia de la cruz, luego de un pinchazo tras doblones toreros.

Hermosos, mecidos y suaves fueron los lances con los que Miguel Ángel Perera (al tercio tras leve petición y al tercio) recibió al primero de su lote, y digna de ellos la media verónica en el centro del escenario. Pese a la sosería y blandura y que acudía con la testa bastante arriba, el de Badajoz lo comprendió divinamente para realizarle firmemente un intermitente trasteo de buena caligrafía, concluido de una estocada algo contraria. Detalles con el percal dejó como cumpliendo al tratar un quite al quinto, astado desrazado aunque maleable, al que sobre el basamento de su buena colocación, soporte al tener que sentar las zapatillas en el albero y eficaz manejo de la muleta, hurtó plausible partido por los dos lados de los que considera la tauromaquia, y al que sin embargo no coronó con la espada sino hasta el cuarto intento.

Pinturero y alegre estuvo con la capa Arturo Macías (palmas y división tras dos avisos) cuando saludó al tercero del festejo. Mejor se le observó al interpretar la suerte de la “vieja aragonesa”, jugando y soltando bien los brazos mientras ponía su cuerpo sólido y firme tal columna. Serio estuvo, tratando de hacer el toreo al adquirir la pañosa y el estoque simulado; aunque tardó muchas embestidas para indagar el son y la distancia al toreable animal, al que no descifró del todo, externó varias tandas que en algo aderezaron su quehacer mal concluido al usar el estoque. Intempestiva e indeseable visita hizo al callejón el que cerró la corrida. Quería rehusar la pelea en el redondel. Pero luego de ser pasado por la importante suerte de varas, mejoró su comportamiento y aunque tardíamente fue a los envites de los engaños, lo hizo con claridad y metiendo la testa con clase. “El Cejas” hizo de todo, desde su inicio con pases desajustados, pasando por molinetes y hasta aguantando tanto que los diamantes de la cuerna del adversario le acariciaban los muslos. Pases igualmente que le extrajo con temple y largueza, y sobre todo con mucho afán y energía tratando de agradar al cotarro; y lo logró, sin duda, pues este monstruo de mil cabezas le reconoció a lo que su juicio hizo de esfuerzo el joven espada que lamentablemente no mató rápido pese a su estocada entera y entregada en la ejecución, tardando demasiado en tirar un golpe de descabello, el cual, certero que hubiese sido, le habría sumado una oreja. Quehacer el de él de muchas coloraciones en una tarde que había pasado por bastantes segmentos más bien aguados.

 

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